
fuego que renace cada nuevo día
en su escondite detrás de la piedra
juego de sombras
magia transformadora
dando lugar al enigma, cae y muere sin grito alguno.
El mundo es lo que nosotros creemos de él, así de simple..
Me veo cubierta de barro, que de a poco se va secando y mis movimientos se vuelven cada vez más lentos, cómo me cuesta moverme, hasta pareciera que el aire es denso y me genera resistencia. Soy árbol anciano, que se aferra a la tierra de sus pies por miedo a caer, haciendo tanta fuerza que la respiración se me corta, mis ojos se nublan. Mis manos duplicadas por mil que no se atreven a soltar, que oprimen y sin embargo no encuentro seguridad, no puedo retener lo deseado, nada me sostiene. Así es que muero y mi alma desciende hasta encontrarme a orillas del Aqueronte, río en que todo se hunde salvo la barca del temible Caronte, personaje taciturno y malhumorado, encargado de cruzarme al otro lado a cambio un óbolo, moneda griega que encuentro en mi bolsillo sin saber cómo ha llegado ahí. Las puertas del mundo subterráneo son custodiadas por Cerbero, perro monstruoso de tres cabezas y serpiente por cola, que impide que aquel que atraviesa el inframundo pueda escapar de él... ¿dónde me estoy metiendo? ¿cómo hay tanto lugar par explorar dentro de uno mismo? Comienzo a recorrer el Tártaro, mundo subterráneo de Hades ( Plutón), dios destructor que da a elegir entre la regeneración y la degeneración, dios de los muertos que habitan su mundo desconocido, dominador del universo invisible. Clava sus ojos tenebrosos atravesando mi transparencia, lee en mis viscosos fragmentos inconscientes y sin pronunciar palabra su pensamiento me aturde..
“cruzando el puente donde el equilibrio es trastornado y el deseo parece excesivo, surge la incomodidad como instrumento de cambio extremo, estructuras viejas deben destruirse para conocer la belleza, reenfocar la vida en un propósito superior aleja el miedo, dejarse uno de lado para ver desde otros ojos el camino que uno se atreve a pisar ”.
Abro mis ojos y estoy de vuelta, mis manos se acercan en un roce como gesto de reunión de mis partes.., y la locura se va diluyendo en el agua que me forma, ese fluir que purifica, que renueva y que aleja miedos humanos, la necesidad de poseer se mantiene lejos cuando la libertad es lo que se quiere desplegar.. Libertad que es ofrecida para poder disfrutar de la sonrisa del que está a mi lado, sonrisa que llega como regalo silencioso a lo más profundo de lo que soy, en este único instante que vivo.
Existe en los desiertos de Arabia un ave que difícilmente se deja ver. Su plumaje exuberante en tonos rojos, naranjas y dorados rememora los secretos del cielo antiguo, inagotable su fuerza, mágico el poder curativo de sus lágrimas. Cada quinientos años construye en su nido una pira funeraria con incienso y plantas aromáticas que el sol enciende durante la aurora. El aroma del sándalo y la canela penetran su alma a medida que el fuego lo consume. Para el ocaso solo quedan cenizas de las que surge una larva que lentamente se transforma en el mismo fénix, siempre único y eterno. Este ser inmortal, lleva en sus ojos la soledad del infinito, acumulando todo el saber desde su origen. Cuando ha crecido suficiente, recoge las perfumadas cenizas y vuela hacia Heliópolis, en Egipto, esparciéndolas en el Templo de Osiris, el Dios Sol, mientras canta la melodía más inspiradora escuchada jamás..
El mito por si mismo llega a lugares de nuestra totalidad que poco tienen que ver con la razón, se pone al servicio del inconsciente, ese inconsciente en el que todas las experiencias de la humanidad se han impreso y vuelven de una u otra forma, ya sea como símbolos, imágenes, arquetipos. Todo mito nos remitirá a los orígenes. Pienso que al interpretarlo lo estamos reduciendo, pero el entendimiento también es necesario.
Símbolo oculto de iniciación, el renacer de su propia muerte, trasmutar lo viejo en nuevo, renovar las posibilidades agotadas, despertar las potencialidades latentes. Es un mito íntimamente ligado a la alquimia, misteriosa ciencia abocada a la búsqueda de la Piedra Filosofal, el descubrimiento del elixir de larga vida y el logro de la “Gran Obra”. Como en el proceso de regeneración alquímico, avivar el fuego interior para llegar al centro mismo del Ser, esa esencia incognoscible que no llegamos a captar por exceder nuestras facultades de comprensión. El retorno al paraíso en la mención del vuelo hacia Heliópolis. La conciliación de los contrarios al ser un ave único, macho y hembra a la vez. La mención de Osiris, héroe solar, como el ritual diario del sol en donde no hay comienzo ni fin absoluto sino en apariencia. Todo continúa para sufrir incesantes transformaciones, de forma que lo que ha existido en potencia se realice.
Esto recién empieza...